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Maritza López-Lasso, profeta en su tierra
Por Rosalina Orocú Mojica
Agosto 2008


Estereotipos y prejuicios eran como gigantescas murallas que había que derribar. O escalar. Eso hizo la escritora panameña Maritza López-Lasso. A lo largo de su existencia su vida ha dado giros de 180 grados y ella, con extraordinario coraje siempre se ha adaptado. No se arrepiente de ello. Jamás lo hará. Sus experiencias la han hecho más fuerte. En Panamá, hombres y mujeres no eran mirados y juzgados por igual. La balanza se inclinaba a favor de ellos. Como dice el refrán, “si por acá llueve, por allá no escampa”. En Europa también había desigualdades, estigmatizaciones. Estereotipos. Había que probar al mundo que los latinos saben hacer las cosas bien, tienen talento.

No justificó entonces, y no lo hace ahora, que se menosprecie a la mujer. Tampoco “que se vea a los latinoamericanos como si fueran ciudadanos de segunda clase”. Esos recuerdos, arrinconados en su mente y corazón, los sacó a colación durante conversatorio con amantes de las letras, aguiluchos compañeros suyos de aula, escritores y estudiantes, reunidos en la Biblioteca Nacional el sábado pasado, 2 de agosto. Antes, el 31 de julio, había sostenido una interesante tertulia en Penonomé, su tierra natal.

El temor a perder su lengua fue lo que movió a Maritza a incursionar en el mundo literario. “Lengua y raíces están muy unidas. No podía dejar que mi lengua se me escapara”, expresa.

Preguntada acerca de cómo nació su primera obra, ella explicó que “sentía que era un volcán a punto de hacer erupción y que si no encontraba una chimenea explotaría”. La escritura fue su tubo de escape. “Evacuar las emociones del pasado era como dar a luz rugosos bloques de dolores. Sin embargo, una vez que éstos eran expulsados de mi interior, me sentía poblada por una profunda paz. Una paz con alas”. El vivir en Europa la hace ver el mundo desde una perspectiva distinta, con una mente más amplia.

Quizás porque siente que el hombre, no importa de dónde sea, sigue pensando que la mujer sigue debiéndole la costilla es que tiene agallas para decir verdades que otros callan. “Hay situaciones que deben ser señaladas”, dice. No se pone un tapón en la boca para acallar inquietudes, para dejar de denunciar desigualdades. Sus escritos pintan el mundo con sus claroscuros. Lo atribuye a que “el vivir lejos es como una póliza de seguros. Me siento libre de decir las cosas como las percibo”.

 
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