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Testimonio una madre artista
Mundo Hispánico
Noviembre 2008


En el mes de marzo del presente año, cuando comencé a escribir en la sección “Testimonio de un artista”, mi idea era, como he hecho hasta ahora, la de compartir con los lectores de Mundo Hispánico el recorrido artístico y personal de los valores hispanos e hispanoamericanos residentes en Suiza.

Este mes quisiera abrir un paréntesis. Quisiera compartir una lección de vida que, en este caso, proviene de una artista, pero que pudiera provenir de cualquier otra persona. Se trata del por qué nacemos en una familia y de la actitud que adoptamos frente a la vida.

A veces la vida nos presenta una linda cara: nos casamos, tenemos hijos, nuestro cónyuge nos brinda una subsistencia cálida en un ambiente suave. Nos sentimos en un capullo de paredes acolchadas y transparentes en el que los colores, olores, rumores y todo cuanto hay en el interior es armonioso. De vez en cuando abrimos los ojos y vemos los acontecimientos dramáticos del mundo exterior (guerras, fenómenos climáticos, carestías…) como algo ajeno a nosotros. Volvemos a cerrar los ojos y a disfrutar de nuestra beatitud.

De repente un evento, muchas veces en el interior mismo del capullo (puede ser un divorcio, una muerte o nuestros propios hijos) nos obliga a reaccionar. Nos damos cuenta de que ha transcurrido mucho tiempo y hemos aprendido muy poco de la vida.

No creo que sea una casualidad que nazcamos en el seno de una familia y no de otra. Creo que cada miembro de la familia tiene una tarea específica en el grupo y que de cada uno de ellos podemos aprender. A veces, con nuestros padres y hermanos, no asimilamos las lecciones que habían sido previstas. La vida nos ofrece entonces otra oportunidad. Muchas veces esta nueva oportunidad nos la brindan nuestros propios hijos.

Nací en una familia formada por seis hermanos (cuatro hombres y dos mujeres). Al contrario de mí, mi hermana, mayor que yo de dos años, era una mujer decidida que sabía lo que quería y que no escatimaba esfuerzos por alcanzarlo. Durante el tiempo que vivimos juntas me sentí aplastada y, aunque en alguna ocasión intenté rebelarme, ella siempre tuvo la última palabra. Cuando me casé y partí de mi país de nacimiento, lo hice con el amargo sentimiento de no haber desenmarañado la multitud de cuestionamientos relacionados con mi familia. Sobre todo con mi hermana. No sabía que la vida estaba a punto de darme una hija con sus mismas características y que, gracias a ella, podría comprender una lección crucial para mi evolución.

Como mi hermana, mi hija es la antítesis de mí: impaciente, segura de sí misma y de que todos los derechos son suyos y los deberes del resto de la humanidad. Si hubiéramos hecho un combinado habríamos alcanzado el cóctel ideal. Pero la vida no es un cóctel. Para comprenderla debemos analizarla y este análisis debe comenzar por nosotros mismos. Examinando nuestras emociones debido a la actitud de quienes nos rodean, podemos comprender las partes de nuestro interior que debemos mejorar.

Llegué a esta conclusión después de muchos años de reflexión. Había pasado una gran parte de mi vida preguntándome –sin encontrar respuestas– por qué mi hermana y, más adelante, mi hija, tenían un carácter tan decidido. No me daba cuenta de que la orientación de mi búsqueda estaba errada. No era en ellas donde debía buscar una respuesta sino en mí, puesto que era en mi interior en donde su conducta creaba resonancias. Nunca podría cambiarlas a ellas, pero sí a mí misma.

Esta comprensión representó una llave en mi desarrollo personal. Intuí que las aptitudes que debía desarrollar en mí eran las mismas que tanto me molestaban en mi hermana y en mi hija. Comprendí que la paciencia que muchos admiraban en mí no era más que una carátula para esconder mi inseguridad y mi incapacidad para tomar decisiones y que esta ineptitud había contribuido a que educara a mi hija sin fijarle límites, que aceptara sus propias reglas. Muchas veces sentí que ella era la madre y yo la hija, pero no me creía apta para sugerir cambios. La actitud de mi hija me condujo a una encrucijada: o continuaba aceptando el peso de sus reglas o me imponía en mi papel de madre.

Después de una reflexión detenida, decidí ocupar mi lugar y pronuncié mis propias reglas. Lo hice con amor, pero firmemente. Mi hija comprendió que en mi decisión había mucha madurez y terminó aceptando mis reglas. Los primeros días fueron difíciles puesto que habíamos vivido demasiado tiempo con los roles invertidos, pero finalmente cada una se mostró satisfecha de haber encontrado su lugar. Creo que la rebeldía de mi hija era una manera de mostrarme que no era feliz adoptando el rol que me correspondía.

Una vez que los miembros de una misma familia han comprendido la lección que debían aprender, no están obligados a continuar juntos. Es como si hubieran subido de grado y recibieran la autorización para cambiar de camino.

Hoy mi hija ha emprendido su propio camino. Lo que a primera vista parecía que sería una separación difícil se reveló armoniosa y llena de enseñanzas.

Gracias a mi hermana y, más adelante, a mi hija, he aprendido el valor de la confianza y de la toma de decisiones.

 
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