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Música, canto y testimonios
Mundo Hispánico
Mayo 2009

El testimonio de Santiago Benavides, con su alusión al Viernes Santo, me hizo recordar la Semana Santa en Panamá, mi país de nacimiento: la sopa de pescado tomada a la sombra de los árboles del huerto, la abstención de consumir bebidas alcohólicas –aunque era la época en que más borrachos abundaban por las calles–, las procesiones del Jueves y el Viernes Santo y los bailes del Sábado de Gloria que cerraban, jocosamente, la semana.

En el pueblo en que nací, el luto por la muerte de Jesús se combinaba con tamboritos (bailes acompañados de cantos entonados al son de tambores y rítmicas palmadas). Esta actividad, practicada sobre todo por personas mayores y a la que solía asistir con mi abuela y mi bisabuela paternas, es una de las joyas que guardo preciosamente en el arca de mis recuerdos.

La sopa de pescado tomada a la sombra de los árboles del huerto y las procesiones del Jueves y del Viernes Santo dieron paso a los interminables almuerzos en la mesa de los familiares de mi cónyuge y a los intercambios de conejos de chocolate y de huevos de Pascua. Al principio me parecía absurda esa manera de celebrar la Semana Santa, pero la acepté porque debía integrarme a ese país que me acogía. Cuando nacieron mis hijos les inculqué esa nueva tradición que sentía totalmente ajena a mí. Sin embargo, con el paso del tiempo me di cuenta de que también me sentía ajena a aquella otra tradición, la de procesiones y tamboritos. Como dice Santiago Benavides, haciendo alusión a la canción de Facundo Cabral, no me sentía ni de aquí ni de allá.

Creo que los artistas somos seres privilegiados porque, ya sea por medio de la guitarra o el canto, como es el caso de Santiago Benavides, o de la pluma, como es mi caso, podemos traer a esta parte del mundo los rastros de nuestro pasado.

 
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