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El ahogado
Mundo Hispánico
Febrero 2012

En mi país de nacimiento, durante el verano, muchas personas prefieren bañarse en el río en lugar del mar. Los paseos en autobuses o en familia a los balnearios abundan a lo largo y ancho de la república y el día transcurre en un ambiente de alegre camaradería.

 

 

Un día, a mediados de enero, me encontraba con mi familia en el río Mamoní, al Este de la provincia de Panamá, cuando recibimos la noticia de que una niña acababa de ser rescatada de la traicionera corriente. La niña, que estaba con su familia, se bañaba con el abuelo cuando, de repente, se sintieron aspirados por la corriente. La niña fue salvada, pero el abuelo no. Al ver a la niña caminando sin rumbo y llamando al abuelo ausente mientras la gente permanecía concentrada en el infausto espectáculo de la muerte, imaginé la impotencia del abuelo si viera a la nieta perdida entre la muchedumbre.

He escrito este relato inspirándome de dicho acontecimiento.

El Ahogado

Con lo poco de aire que me queda en los pulmones empujo a mi nieta hacia la superficie del agua. De repente siento un vacío, como si estuviera cambiando de dimensión.

Veo mi cuerpo hundirse, a pesar de la corriente del río, pero no siento nada. Mi interés se centra en mi nieta, agarrada de un tronco aparecido como por milagro.

Llamo la atención de la mujer que está sentada en la roca, en la orilla más próxima.

La mujer observa a mi nieta y da la voz de alerta a uno de los socorristas, que la saca del agua.

Mi nieta llora clamando mi nombre. En medio de su desesperación, logra que quienes la rodean comprendan que la corriente se ha tragado mi cuerpo.

Una decena de hombres bucean, desafiando el curso del agua, con la intención de rescatar mi cuerpo, pero no me detengo en esta imagen. Mi interés está aún en mi nieta que, luego de haber atravesado el río con la ayuda de un par de voluntarios, sigue llamándome. Le digo que estoy bien y la guío hasta donde están su abuela y su madre.

El grupo de buceadores ha encontrado mi cuerpo. Lo sacan del agua y lo llevan hasta la orilla opuesta a la que se encuentra ahora mi nieta y el resto de mi familia. Lo socorren, pero no reacciona.

La que por cincuenta años fue mi mujer y nuestra hija lloran desesperadamente al ver mi cuerpo exánime al otro lado del río. Les digo que no se preocupen, que estoy con ellas, pero no me oyen. Creen que he muerto.

Veo a mi padre y a mis abuelos muertos desde hace años. También veo a Pedro, mi amigo de infancia desaparecido a consecuencia de un cáncer. Están felices de venir a mi encuentro. Me esperan. Quiero irme con ellos, pero al mismo tiempo quiero consolar a estas tres generaciones de mujeres, tan importantes en mi vida terrestre.

Siempre pensé que la vida terminaba con la muerte. Ahora sé que sólo el cuerpo muere.

 
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