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Sueños que cambian la vida
Mundo Hispánico
Diciembre 2011

Ayer, en la antesala de una oficina pública, conocí a una mujer. A primera vista era igual a cualquier otra, sin embargo, cuando la observé con más atención percibí a su alrededor una luz dorada con destellos verdes.

De la mujer, de mirada profunda y dulce sonrisa, emanaba una placentera energía. A su lado me sentí como mecida en una hamaca hecha de luz viviente.

Mientras esperábamos nuestro turno para ser atendidas, hablamos del sentido de la existencia, así como de algunos sueños capaces de cambiar nuestra vida.

Me contó que durante años, recluida en un sombrío apartamento de las afueras de la capital, sobrevivió en un perpetuo estado agónico. Lo que desencadenó esta situación fue la muerte, luego de una penosa leucemia, de su hijo adolescente. Tras la muerte del hijo, su esposo, cansado del ambiente de tristeza y de opresión del hogar, la abandonó por una mujer más joven. Como para coronar la serie de desgracias, su padre, el único ser que se interesaba por su bienestar, murió repentinamente.

Una noche, después de un par de meses de la muerte de su padre, la mujer tuvo un sueño: «Estaba acostada en mi cama –me dijo la mujer– cuando fui consciente de que mi padre, vestido exactamente como el día de su muerte, me observaba.

–¿Qué haces ahí? –le pregunté. Al no escuchar respuesta, agregué: Tú estás muerto.

–Sólo mi cuerpo está muerto –me aseguró. Yo estoy vivo. Me han permitido acompañarte hasta que salgas de este período depresivo.

–¿Quién te lo ha permitido? No me digas que Dios, porque ese, al que muchos alaban, no existe.

–Negar a Dios es como negarte a ti misma, ya que Dios está en ti.

–No me hagas reír. Si Dios existiera no habría permitido que mi hijo muriera ni que mi marido me abandonara.

–Basta de compadecerte de ti misma. A veces recibimos regalos con una apariencia desagradable, pero no debemos quedarnos en la superficie. Tenemos que abrir el envoltorio para ver lo que hay dentro. La partida de tu hijo y de tu esposo ha sido necesaria para que recibas dones más grandes.

–¿Qué don puede haber más grande que el de un hijo?

–Muchos hijos. Y un marido excepcional.

–Estás hablando incoherencias. ¿No te has fijado en mi edad? Tengo cincuenta años.

–Para recibir a tus hijos y a tu nuevo compañero, debes nacer a la vida. Abandonar tu ataúd. Los árboles te esperan. Ellos son la clave.»

Durante toda la mañana la mujer se quedó pensando en las palabras de su padre. A media tarde se arregló –lo que no había hecho por meses– y se fue a dar un paseo por el bosque, situado a un par de kilómetros de su apartamento.

Los árboles tenían un brillo especial, como si el firmamento, transformado en tul, los cubriera. La mujer estaba tan concentrada observándolos que no se dio cuenta de que sus pasos la dirigían hacia una casa de madera en la que nunca antes había reparado.

Hacia un lado de la casa un grupo de niños jugaba. La mujer se les acercó. Desde que los vio, con sus rostros llenos de luz, la mujer supo que aquellos eran los hijos a los que su padre había hecho referencia en el sueño y que el ataúd era el apartamento en el que había vivido recluida. Ella debía morir a su vida oscura para nacer a la luz.

Tras intercambiar unas palabras con los niños, un par de mujeres salieron a su encuentro. Compartiendo con ellas una limonada, fue informada que los chicos eran niños de la calle, que habían sido recogidos por una asociación y estaban siendo criados por madres y/o padres sustitutos. Le comentaron que ese formaba parte de un proyecto que se estaba desarrollando en todo el país.

Luego de haber cumplido con los requisitos para convertirse en madre sustituta, la mujer se fue a vivir en la casa del bosque. Como vaticinara su padre, recibió la bendición de tener muchos hijos que han sabido retribuirle el amor que ella les brinda.

Como si ese regalo hubiera sido poco, algunos meses después encontró, en ese mismo bosque, a un hombre que paseaba rodeado de siete niños y niñas, todos de más o menos la misma edad pero de rasgos diferentes. Al lado del hombre la mujer creyó ver a su padre que la saludaba antes de desaparecer.

Aquel fue un amor a primera vista. Como ella, el hombre era padre sustituto en otra residencia respaldada por el estado.

Criada de una manera tradicional, en la que la pareja trabaja para percibir un salario que garantice una vida feliz, la mujer nunca se hubiera imaginado que se podía, literalmente hablando, vivir de amor.

Sin embargo eso es lo que esta pareja está experimentando. Rodeados de niños que colaboran con la gran hortaliza que los sustenta, este hombre y esta mujer enseñan con su propio ejemplo cómo dar y recibir amor y cómo acoger los sueños en nuestra vida.

Publicado en la Revista "Mundo Hispánico"
www.mundo-hispanico.ch
SUIZA - Diciembre 2011

 
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