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Seducción, celos
Mundo Hispánico
Junio 2011

En acorde con esta temporada de calor, he seleccionado este relato que escribí hace más de diez años, en una playa toscana.

Aunque la historia es ficticia, su relectura me ha llevado a pensar en la relación entre la seducción, los celos y la falta de confianza.

Para mí la seducción y los celos son máscaras con las que escondemos nuestras inseguridades.

Por años llevé esas máscaras tan ceñidas a mí que hasta llegué a confundirlas con mi propio rostro.

Con el pasar del tiempo, un poco gracias a la escritura y otro poco debido a las experiencias de la vida, me di cuenta de que esas máscaras que había usado por años estaban hechas de puro miedo. Un miedo que a veces me paralizaba.

Como la buscadora de verdades que siempre he sido, identifiqué cada uno de mis miedos y, tras mirarlos de frente, les dije adiós. Como bestias vencidas esos miedos se alejaron de mí y nunca más han vuelto.

Quiera Dios que todos podamos vivir liberados de nuestros más grandes miedos.

 

 

Exhibición en la playa

Altas y delgadas, la rubia y la morena eran hermosas. Y lo sabían.

Desde que comenzaron a extender sus toallas en la arena supe que andaban en busca de entretenimiento. La manera en que sus ojos entornados barrían los cuerpos de los hombres y la forma exagerada de arquear sus torsos –como si quisieran frotarse los omoplatos con sus glúteos– me anunciaron que andaban de cacería.

Una vez que las toallas estuvieron dispuestas para acogerlas se desvistieron hasta quedarse con la parte inferior del bañador y, exponiendo sus senos rebosantes de salud a la mirada del que quisiera verlos, sacaron de una de las bolsas un gran tarro de crema solar.

Sin prisas, la larga mano de la rubia recorrió la espalda y los hombros de la morena antes de bajar a los senos, donde, en un lento movimiento circular, le acarició la aureola. Indolentemente se hizo con el pezón haciéndolo rotar entre el índice y el pulgar, como quien lleva a cabo la difícil tarea de buscar en el dial de una radio imposible. Entonces, complacida por los efectos que producía en la otra, lanzó una mirada sugestiva a un hombre que se encontraba acompañado por su mujer, a dos pasos de mí.

El hombre, tácitamente invitado a entrar en el sugerente juego, le sostuvo la mirada. Una tímida sonrisa de aceptación se abrió en sus labios. Su mujer, ocupada en la vigilancia del hijo pequeño, perdió la oportunidad de descubrir en el rostro de su marido una mirada de deseo que ya había olvidado.

“Menos mal que mi marido no anda por aquí” –me dije comprobando que Emil nadaba a un centenar de metros.

Cuando la rubia hubo terminado de esculpir con crema el torso de la morena se dispuso a recibir el mismo homenaje. Los movimientos se repitieron, sólo que esta vez la morena extendió la caricia a lo largo de las piernas y los muslos de su amiga, culminando en un amplio masaje sobre los glúteos. Entonces, posó en el hombre una mirada de loba en celo.

Aunque el hombre evitaba ahora sostener la mirada de la morena permitiéndose únicamente una leve observación de reojo, esta vez su mujer percibió el juego que lo distraía. Meridional y sanguínea, la mujer se puso en pie amenazadoramente y, recogiendo sus pertenencias, cubrió a las chicas de improperios orales y gestuales.

–Y tú, mequetrefe, qué haces ahí parado como Juanbobo –su acento napolitano mordía sobre el rostro petrificado del marido–; ayúdame con los cacharros. ¿No ves que nos estamos mudando?

Ignorando la colérica estampida de la napolitana, las dos mujeres se acomodaron en sus toallas y se dispusieron a beberse el sol.

El día siguiente, cuando la napolitana y su marido llegaron a la playa, Emil y yo estábamos en nuestro puesto del día anterior.

–¡Qué descaro el de esas lesbianas! –comentó la napolitana dirigiéndose a mí.

–Esa es historia pasada. No comiences otra vez, por favor –murmuró su marido alejándose unos pasos.

–No estoy segura de que sean lesbianas –le dije a la mujer.

–Esa manera de sobarse al ponerse la crema no puede provenir de gente normal.

–Para mí son sólo unas provocadoras que andan en busca de diversión.

–Si quieren diversión que vayan a buscarla donde su abuela –dijo sentenciosa la napolitana acomodándose uno de sus senos felinescos, rebelde a dejarse aprisionar en el sostén.

Una hora después, mientras hojeaba una revista, hicieron su aparición las mujeres del día anterior. Sin esperar la aprobación del marido, la napolitana, bufando, arrancó el parasol y se movió con su hijo, su hombre y todas sus pertenencias hacia un lugar más alejado.

–Mejor así, ahora tenemos más espacio para nosotras –comentó la morena sin molestarse en alterar la expresión de su rostro.

Habiendo perdido el primer objeto de su diversión, las mujeres posaron la mirada en Emil, quien ausente de las escaramuzas del día anterior, se dejó seducir por sus sonrisas maliciosas.

¿Qué hacer? –me pregunté al ver cómo Emil, normalmente un sujeto serio y formal, se rendía al efímero juego de las miradas que le lanzaban la rubia y la morena.

Sin pensarlo dos veces, anudé debajo de los hombros mi pareo de transparentes tonalidades naranja, y me deshice del bañador. Como el resto de los bañistas cercanos se mantenían pendientes de las dos mujeres, nadie, aparte de un asiduo del lugar, pareció darse cuenta de mi maniobra.

El habitual de la playa me siguió con la vista desde el momento en que coloqué el bañador en la base del parasol hasta que comencé a desplazarme con movimientos sinuosos, como si desfilara en un pase de modas. Me sentí alentada por su mirada. La gratificación de sus ojos me hicieron recordar que mis senos conservaban una firmeza que desmentía mis cuarenta años.

A la mirada del asiduo a la playa se le unió la de algunos extranjeros. Impasible, yo continuaba mi paseo entre los parasoles. Sentía sobre mi piel la caricia de aquellos ojos osados. Algo perverso en mi interior crecía, hacía que me elevara. A pesar de mi baja estatura, tenía la impresión de estar a punto de tocar las nubes. Pero fue sólo un instante. De pronto, una mano me tomó con fuerza y me hizo aterrizar. Era mi marido.

Como si nada hubiese sucedido, tomé asiento a su lado y con una sonrisa, quizás de disculpa, quizás de triunfo, me coloqué una toalla sobre los hombros.

En cuanto a las dos mujeres, cuando las busqué con la mirada, se alejaban hacia otro lugar de la playa en el que hubiera menos exhibicionistas.

Publicado en la Revista "Mundo Hispánico"
www.mundo-hispanico.ch
SUIZA - Junio 2011 

 
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