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Demasiado tarde - Relato
Mundo Hispánico
Abril 2011

Mientras escribía este relato imaginé al esposo del personaje principal de la historia viajando para recuperar el cuerpo de su mujer con la desesperanza mordiéndole el pecho y los remordimientos la conciencia.

Imaginé que un viaje en esas condiciones debía de ser una de las peores pruebas para un ser humano sin saber que un día yo misma estaría sometida a dicha prueba.

Viajé a Panamá el pasado mes de marzo para participar en el sepelio de mi padre, cuya muerte había acaecido un día antes. El dolor y la desesperanza que, según pensaba, debían acompañarme estaban totalmente ausentes. A pesar de mi profundo amor por él no lloré durante el viaje ni durante mi estadía con mis familiares. Me sentía en paz… Mi tranquilidad era tal que se extendió a mis familiares y amigos.

Analizando mi actitud en esos momentos he llegado a la conclusión de que esa tranquilidad tiene que ver con la certeza de haber solucionado a tiempo los problemas con mi padre. Durante los últimos años, cada vez que iba a Panamá él y yo pasábamos días conversando sobre nuestras diferencias del pasado, sobre nuestro camino de vida, sobre la vida después de la muerte.

Gracias a estas conversaciones creamos un lazo de complicidad y de amor que nada ni nadie podrá disolver.

Quiera el cielo que todos solucionemos las diferencias con nuestros familiares y amigos antes de que la muerte se interponga en nuestras vidas.

Demasiado tarde
(Relato)

El día en que se ahogó, Lorna se había levantado más temprano que durante los siete días transcurridos desde su regreso de Canadá.  Después de desayunar junto con Sara y Juan, sus hijos de siete y cinco años, les puso sus trajes de baño y preparó una mochila con fruta y bebidas.

–Aquel sábado ella estaba más tierna que de costumbre -refería Marina a Paul, su yerno, quien tomó el primer avión en cuanto supo la desagradable noticia.  Cuando estuvo lista fue a la cocina donde me encontraba preparando una naranjada y me abrazó muy fuerte. Como si quisiera fundirse conmigo.  Me acarició el pelo y me dijo que le gustaría que los acompañara a la playa. Si hubiera sabido que aquella sería la última vez que la vería, no me habría despegado de ella.

–Es lo mejor que puedo hacer –pensaba Lorna al volante del automóvil que su hermano le prestara por el mes que durarían sus vacaciones. Morir ahogada en el país que me vio nacer y, junto a mí, mis hijos. ¿Para qué vivir esta vida  plana y sin colores? Soy como un bibelot en una casa repleta de objetos inservibles. Paso cada minuto de mi existencia ocupándome de que nada le falte a quienes me rodean, pero estoy vacía por dentro. Soy un zombi, un ser sin voluntad propia. Ni siquiera me interesa gastar la pequeña fortuna que, a través de los años, mi marido ha acumulado. Paul, para él sólo cuenta el trabajo. Y el dinero.

­–Sí, es lo mejor tanto para mí como para ellos –miró a sus hijos por el espejo retrovisor. Esta vida es una broma. Una broma pesada. Demasiado pesada para seguir soportándola. Dicen que la vida está hecha de pruebas y que debemos aceptarlas y aprender de ellas. Pero ¿para qué? Si al menos existiera una vida después de la muerte habría lógica en esos decires. –Movió la cabeza de un lado para el otro. La reencarnación. Puro cuento. Invento de místicos. Debo ahorrarles a mis hijos toda una vida llena de inútiles sufrimientos.

-¡Qué fastidio! -dijo a sus hijos cuando llegaron a la playa y vieron la gran cantidad de surfistas que, como equilibristas circenses, maniobraban sobre sus planchas. Tendremos que tener cuidado.

Lorna se entregó al juego con sus hijos como si participase de su propia infancia y tuvo la impresión, fugaz, como una tenue pincelada de blanco en un cuadro de fondo negro, de que la vida podría aportarle pedacitos de alegría.

Dejó de lado ese esbozo de esperanza y siguió adentrándose a la mar seguida de sus hijos.

Una serie de olas, más fuertes que las precedentes, cubrió al trío.  Lorna, arrastrada por la corriente, trató de ponerse de pie, pero no tocaba el fondo. De repente su convicción de los últimos días se esfumó. Ya no quería morirse. Quería luchar. Vivir la vida con sus buenos y sus malos momentos. Trató de nadar. Imposible. La resaca era tan poderosa que en lugar de avanzar, retrocedía. Juan comenzaba a tragar agua, tosía, se desesperaba... Lorna intentó empujarlo hacia la orilla.  En vano. El pequeño se aferraba al cuello de su madre impidiéndole cualquier movimiento.  Un surfista pasó cerca de ellos. Lorna pidió auxilio con el poco aire que le quedaba.  El chico la oyó y, por señas, pidió ayuda a un compañero.  Éste acercó su plancha al grupo, dijo a los niños que se agarraran a sus piernas y, tras pedir a otro de sus amigos que se ocupara de Lorna, se los llevó hacia la orilla.

Algunos minutos después, el tiempo se hizo infinito, el surfista que la vio primero encontró el cuerpo de Lorna.  Trataron de reanimarla, pero era demasiado tarde.

Publicado en la Revista "Mundo Hispánico"
www.mundo-hispanico.ch
SUIZA - Abril 2011

 
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