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Tocando el corazón
Mundo Hispánico
Enero 2010

Cuando el bailarín y coreógrafo mexicano Fernando Carrillo me confió que el nombre de su compañía de teatro se llamaba Zevada en honor a su abuelo, campesino de origen sinaloense, supe que estaba frente a un ser humilde y generoso. Le pedí entonces que me hablara un poco más de su abuelo, presintiendo que las emociones de mi propio pasado se escaparían gota a gota de mis ojos.

Me contó que una vez que bailó en Sinaloa, estado al norte de México, su abuelo fue a verlo al teatro, descalzo. En vista de que no lo dejaban pasar, Fernando habló con el coreógrafo y, finalmente, el humilde trabajador de la tierra logró ver el espectáculo en una silla central. Al final de la función fue a ver a su nieto y, con su característico acento sinaloense, le dijo: “Mi hijo, del espectáculo no entendí nada, pero ¡qué bonito bailaste! Me tocaste el corazón”.

Para Fernando ese fue el mejor cumplido que ha recibido en su vida. Desde entonces, cada vez que baila intenta tocar el corazón del público.

La anécdota de Fernando me llevó directamente a mi pasado. Recordé a mi propio abuelo, campesino de color de hojas de tabaco y olor a frutas maduras, de pies desparramados y manos callosas que en dos ocasiones dejó la seguridad de su campiña, a centenas de kilómetros de la gran ciudad, para acompañarme en los días más importantes de mi vida: mi graduación y mi matrimonio.

 
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