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Embriagante equilibrio
Mundo Hispánico
Abril 2010

Las palabras de Marcela Arroyo, con la alusión a sus sentimientos cada vez que viaja al Buenos Aires de su corazón, me ha hecho recordar mi juventud.

“Nadie sabe lo que tiene hasta cuando lo pierde”. Comprendí el sentido de esta frase cuando dejé Panamá, mi tierra natal, hace casi un cuarto de siglo.

Nací en un país en que la música y la risa se escapan de las ventanas de las casas, la mujer camina balanceando las caderas al son de una música sensual, el hombre te dice frases tales como: “una mirada tuya bastaría para sanar mi agonizante corazón” o “tu sonrisa es el sol que ilumina el cielo después de una noche oscura”.

En ese tiempo, confundí la música y la risa con ruido, la sensualidad de la mujer con lujuria y la poesía encerrada en los piropos con cursilería.

No sabía que la vida me llevaría a otras tierras, más discretas, donde la gente vive recluida en sus moradas esperando que pasen los días fríos para disfrutar, cada uno por su cuenta, de los rayos del sol.

Como a todo se acostumbra el ser humano, después de algunos años de vivir en estos países, comencé a apreciar el elocuente silencio de un domingo de invierno, cuando las ramas lisas de los árboles desvelan sus verdades.

Si tuviera el poder del Creador, acortaría la distancia entre mi tierra natal y éstas, que me han acogido por tantos años. Así, cuando la fuerza vital de aquélla es demasiado grande, me sumergiría en los placeres de este silencio que me ha ayudado a recorrer los intersticios más profundos de mi ser.

 
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